miércoles, 7 de julio de 2010

Trail Running

A mis 36 años, rara vez, se presentan oportunidades de probar experiencias nuevas que enganchen. Ayer tuve la oportunidad de subirme al carro de una y no salí defraudado...

-Oye, que el miércoles juega España y mejor no quedamos para escalar ¿Puedes hoy o el jueves?

-Negativo, el jueves tengo compromiso familiar y hoy me voy a correr al monte.

-Me apunto.

-Ummm.

-¿Qué pasa? ¿Crees que no puedo?

-Bueno, en todo caso, si subimos a la Maliciosa y ves que no puedes, te vuelves.

-Ok.

-A las seis en la Renault de Colmenar y de ahí ya me sigues hasta la Urbanización "Vista Real"

...Y de esta manera, me enrolé en un día cualquiera de un entrenamiento de Antonio, un entusiasta del machaque físico, del cronómetro y de correr por el monte.

Es curioso, hasta hace pocos años, la sola idea de ir a correr me producía urticaria... Durante la oposición empecé a salir para liberar algo el estrés y desde finales del año pasado soy regular en salir al menos un día a la semana... Eso sí, por los Parques de San Isidro y la Cuña Verde con sus 86 metros de desnivel y echando el bofe.

Cuando llegamos a pie de ruta, Antonio me confiesa que su plan para hoy, es una de las ascensiones más empinadas que se pueden hacer en Madrid: 5 Km lineales, para ascender un desnivel más de mil metros hasta la cumbre de la Maliciosa.

El sistema, según Antonio, consiste en andar todo lo rápido que puedas hasta la cumbre y luego bajar corriendo a tumba abierta.

En seguida me doy cuenta de que voy a sufrir. Desde los primeros metros, Antonio imprime un ritmo que a mí me cuesta aguantar y en cuanto llegan los primeros "baches" me empiezo a descolgar sin remisión. ¿Cómo es posible?

Pepa, que también se ha venido, detecta enseguida cual es la rueda buena y se olvida de quien le da de comer. Poco a poco les voy perdiendo, hasta romper todo contacto visual.

Miro el cronómetro... Sólo llevamos 15 minutos y Antonio ha estimado la ascensión y el descenso en 2 horas y media. Decido reducir el ritmo inútil de persecución al más exigente de los que puedo mantener. No pasa mucho, cuando al alcanzar un colladín, me encuentro con Antonio que ha parado a esperarme.

-Tú dale Antonio, Yo no puedo mantener tu ritmo, pero no voy mal.


- Tranquilo, el camino es evidente, te iré esperando en las encrucijadas más dudosas.


A pesar de juntarnos en ese punto, vuelve a dejarme tirado enseguida, como si yo no fuera un deportista, como si no fuera a correr todas las semanas...



En la cota 1800 (639 metros más arriba del punto de partida) y a 800 metros lineales de la cumbre de La Maliciosa, decido rendirme, las piernas me fallan y quiero asegurarme el poder volver al coche.

- Sigue Antonio, dale duro, que te espero aquí. Veras como bajar, bajo mejor.

-Ok. Nos vemos en media hora.

Antonio se lleva a Pepa y yo no tengo fuerzas ni para seguirles con la vista, busco unas rocas más o menos planas y contemplo el espectacular paisaje que me envuelve. El silencio es absolutamente "ensordecedor". Hago unas fotos con el móvil y le envío una a Gema, que no ha podido venir. Finalmente me quedo dormido.


Se que no es lo más poético que he escrito, pero la realidad es que no pasa mucho tiempo cuando me despiertan las moscas, supongo que les debo parecer un manjar suculento porque están súper pesadas. A manotazos mato a unas y espanto a otras. Poco a poco voy recuperando la conciencia. Mi orgullo está herido por no haber tenido piernas para subir a la Maliciosa. En esta ocasión, la mente tenía más fuerza que el físico. La experiencia me está encantando y me propongo darlo todo en la bajada.

En cuanto llega Antonio, nos líamos a correr cuesta abajo, el sendero es estrecho y está lleno de piedras y maleza, me decepciono al ver que no puedo seguirle. No obstante no voy mal y estoy disfrutando como un enano. Me recuerda aquellos tiempo con la bici de montaña en los que me lanzaba a tumba abierta por cualquier sendero, cuanto más abrupto mejor.


Me reuno con Antonio en la zona donde me esperó en la subida, luego al pasar un par de tubos de terreno suelto, le pierdo definitivamente. Noto las piernas sufrir y cargarse al tratar de frenar. Finalmente casi bloqueadas tengo que detener la carrera y andar.


Cuando llegamos al coche estoy eufórico, la experiencia ha sido brutal y supera cualquier cansancio físico. En mi cabeza buyen planes para repetir la experiencia, ponerme en forma y ponerle las cosas más difíciles a Antonio. Pepa ni se ha enterado, ha hecho cima en un dos mil cuya cumbre yo no he pisado y no para de moverse de aquí para allá, hasta que de repente, como si le hubieran quitado las pilas, comienza a quedarse dormida en la misma acera donde comento con Antonio las mejores jugadas de la ascensión.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida está para eso, para disfrutarla,para descubrir nuevas experiencias que nos llenen de energía positiva y nos motiven a seguir. Enhorabuena!

Free dijo...

La vida está sobre todo para compartirla con gente a la que quieres... sin ella todas las experiencias carecerían de sentido.

Muchas gracias.